sábado, 12 de abril de 2014

BIBLIOTECA POP (2013) Post-punk

Post-punk, La revolución inconclusa
John Lydon –estandarte del conjunto arquetípico del post-punk PiL– se adecúa al síndrome del intelectual antiintelectual: lector voraz y, sin embargo, desconfiado del arte en sus formas institucionalizadas.
 
 


La revolución inconclusa

Entre 1978 y 1984, la vanguardia post-punk −bandas como PiL, Joy Division, The Fall, Gang Of Four, Talking Heads, Throbbing Gristle, Contortions, Scritti Politti...− encontró en el punk de 1977 no un retorno al rock crudo, sino la oportunidad de establecer una ruptura con la tradición. Entregados a la tarea de concretar la revolución musical inconclusa del punk, exploraron nuevas posibilidades al incorporar la electrónica, el noise, el jazz y la música contemporánea, junto con las técnicas de producción del reggae, el dub y la música disco. El efecto colateral de todas estas divisiones y desacuerdos fue una gran diversidad y una fabulosa riqueza de sonidos e ideas. Presentamos en Biblioteca Pop el prólogo del libro “Postpunk. Romper todo y empezar de nuevo” del periodista musical Simon Reynolds, obra publicada en castellano en 2013 por la editorial argentina Caja Negra –el ensayo original, “Rip It Up And Stard Again. Postpunk (1978-1984)”, data de 2005–. Es un texto de iniciación, tan brillante como preciso, a un vibrante movimiento musical que años más tarde influenció a muchos grupos: Radiohead, LCD Soundsystem, Franz Ferdinand, Interpol... 
“Los Sex Pistols cantaban ‘No Future’. Pero sí hay futuro, y estamos intentando construirlo” (Allen Ravenstine, Pere Ubu, 1978)
Hacia el verano de 1977, el punk se había convertido en una parodia de sí mismo. Muchos de los integrantes originales del movimiento sentían que algo cargado de posibilidades y de múltiples alternativas había degenerado en mera fórmula comercial. O peor aún, había demostrado ser una inyección rejuvenecedora para la industria musical establecida que los punks habían tenido la esperanza de derrocar.
Fue en este momento cuando comenzó a fracturarse la frágil unidad que el punk había forjado entre chicos de procedencia obrera y bohemios arty de clase media. De un lado quedaron los “punks verdaderos”, populistas (que, después, habrían de evolucionar hacia los movimientos oi! y hardcore), que creían que la música debía mantenerse accesible y sin pretensiones, como para seguir cumpliendo su rol de vocera de la rabia de las calles. Del otro lado estaba la vanguardia que habría de conocerse como post-punk, que encontró en 1977 no un retorno al rock crudo, sino la oportunidad de establecer una ruptura con la tradición. La vanguardia post-punk −bandas como PiL, Joy Division, Talking Heads, Throbbing Gristle, Contortions y Scritti Politti− definió el punk como imperativo de cambio constante. Entregados a la tarea de concretar la revolución musical inconclusa del punk, exploraron nuevas posibilidades al incorporar la electrónica, el noise, el jazz y la música contemporánea, junto con las técnicas de producción del reggae, el dub y la música disco.
Algunos acusaron a estos experimentadores de no haber hecho más que recaer en ese elitismo del art rock que, originalmente, el punk se había propuesto destruir. Seguramente es cierto que un alto porcentaje de músicos post-punk provenía del entorno de las escuelas de arte. La escena no wave en Nueva York, por ejemplo, estaba integrada casi en su totalidad por pintores, cineastas, poetas y artistas escénicos. Gang Of Four, Cabaret Voltaire, Wire y The Raincoats son solo algunas de las bandas británicas fundadas por graduados de Bellas Artes o de diseño. Especialmente en Gran Bretaña, las escuelas de arte funcionaron largo tiempo como una especie de bohemia subsidiada por el estado, un lugar donde los jóvenes obreros demasiado rebeldes para una vida de trabajo se mezclaban con chicos burgueses que vivían como pobres y eran demasiado caprichosos para una carrera como cuadros intermedios de la administración empresarial. Después de la graduación, muchos se volcaron en la música pop como un modo de sostener el estilo de vida experimental que habían disfrutado en la escuela de Bellas Artes y, de paso, quizá −solo quizá− también vivir de eso. Por supuesto, no todos en el post-punk asistieron a escuelas de arte o, incluso, a la universidad. Autodidactas fragmentarios y omnívoros, ciertas figuras como John Lydon o Mark E. Smith, de The Fall, se adecúan al síndrome del intelectual antiintelectual: lectores voraces y, sin embargo, desdeñosos respecto de la academia y desconfiados del arte en sus formas institucionalizadas. Aunque, en realidad, ¿qué podría ser más arty que querer destruir el arte, echar por tierra los límites que lo mantienen aislado de la vida cotidiana?
Aquellos años del post-punk que van de 1978 a 1984 fueron testigos del saqueo sistemático del arte y la literatura modernista del siglo XX. El período post-punk, en su conjunto, aparece como un intento de recrear virtualmente todas las principales temáticas y técnicas modernistas a través del médium de la música pop. Cabaret Voltaire tomó prestado su nombre de Dada. Pere Ubu adoptó el suyo de Alfred Jarry. Talking Heads transformó un poema sonoro de Hugo Ball en una pista de dance disco-tribal. Gang Of Four, inspirados por el efecto de extrañamiento de Brecht y de Godard, trataron de deconstruir el rock ¡incluso rockeando duro! Los compositores de letras absorbieron la ciencia ficción radical de William S. Burroughs, J.G. Ballard y Philip K. Dick, y las técnicas del collage y del cut-up se trasplantaron a la música. Duchamp, mediado por el movimiento Fluxus de los años sesenta, era santo patrono de la no wave. El arte de tapa de los discos del período estaba en sintonía con las aspiraciones neomodernistas en las letras y la música, a partir del trabajo de diseñadores gráficos como Malcolm Garrett y Peter Saville, y de sellos como Factory y Fast Product, que tomaban elementos del constructivismo, De Stijl, Bauhaus, John Heartfield y Die Neue Typographie. Este frenético asalto a los archivos del modernismo llegó a su punto culminante con la fundación del sello de renegade pop ZTT −abreviatura de “Zang Tuum Tumb”, un fragmento de prosa poética futurista italiana− y de su grupo conceptual Art Of Noise,  bautizado en homenaje al manifiesto para una música futurista de Luigi Russolo. Al tomar la palabra “modernista” en un sentido menos específico, las bandas de post-punk se hallaban firmemente comprometidas con la idea de hacer música moderna. Estaban por completo convencidas de que en el rock todavía había lugares por explorar, todo un futuro nuevo por inventar. Para la vanguardia post-punk, el punk había fracasado porque había atentado contra el statu quo del rock apelando a una música convencional (rock’n’roll de los cincuenta, garage-punk, mod), que databa incluso de antes de la existencia de megabandas como Led Zeppelin y Pink Floyd. Los artistas post-punk tomaron distancia de tal postura, bajo la creencia de que “contenidos radicales exigen formas radicales”.
 
Post-punk, La revolución inconclusa
Más que cualquier otro, fue David Bowie la inspiración clave para el “ethos” post-punk del cambio constante.
 
Una curiosa consecuencia de esta convicción de que el rock’n’roll ya estaba agotado fue la enorme masa de insultos descargada sobre Chuck Berry. Luego de haber sido una influencia clave para el punk-rock, por medio de las guitarras de Johnny Thunders y de Steve Jones, Berry se convirtió en una piedra de toque negativa, señalado una y otra vez para explicitar eso que debía evitarse. Tal vez el primer ejemplo de Berry-fobia se encuentre tempranamente en las demos de Sex Pistols exhumadas en “La gran estafa del rock’n’roll”. La banda comienza a improvisar sobre “Johnny B. Goode” y, en ese momento, Johnny Rotten –el esteta oculto del grupo, quien luego formaría el conjunto arquetípico del post-punk Public Image Ltd.– farfulla el tema con desgana y luego dice:“Mierda, esto es horrible. Basta, odio esta mierda… Aaarrrgh”. El aullido disgustado y exhausto de Rotten –suena como si se estuviese asfixiando, sofocado por un sonido que huele a rancio– fue replicado por muchos grupos post-punk. Cabaret Voltaire, por ejemplo, se quejaba de que “rock’n’roll no es vomitar ‘riffs’ de Chuck Berry”.
Más que los riffs rama-lama –riffs al estilo de bandas como MC5, cuya canción “Rama Lama Fa Fa Fa” (1969) es considerada precursora del punk. [N. de la T.]– o los acordes bluseros, el panteón post-punk de innovadores de la guitarra se mostró partidario de la angularidad, de un definido registro punzante. Evitaban los solos, excepto por breves irrupciones de la guitarra principal, que se integraba a partir de una forma de tocar predominantemente orientada hacia el ritmo. En lugar de un sonido “gordo”, guitarristas como David Byrne, de Talking Heads, Martin Bramah, de The Fall, o Viv Albertine, de The Slits, preferían un estilo de “guitarra rítmica escuálida”, inspirado con frecuencia en el reggae o el funk. Este estilo más compacto y descarnado de tocar la guitarra no pretendía llenar cada rincón del espacio sonoro, lo cual permitió que el bajo pasara al frente, abandonando su rol tradicionalmente insignificante, de apoyo, hasta transformarse en voz instrumental principal, que cumplía una función melódica incluso cuando se ocupaba de llevar el groove. En este sentido, los bajistas post-punk se ponían al día con las innovaciones de Sly Stone y James Brown, y aprendían del reggae roots y del dub contemporáneos. Al buscar un sonido militante y agresivamente monolítico, el punk en su mayor parte había purgado el elemento negro del rock, cortando los vínculos con el rhythm’n’blues y rechazando, al mismo tiempo, la música disco por escapista e insulsa. Hacia 1978, sin embargo, empezó a difundirse entre los círculos post-punk el concepto de una música dance peligrosa, expresada en términos de perverted disco y de avant funk.
Además de la sensualidad y el swing de la música dance, el punk había rechazado también todos los géneros compuestos (jazz-rock, country-rock, folk-rock, classical rock, etcétera) que proliferaron a comienzos de los setenta. Para los punks, este tipo de material olía a alardes de virtuosismo, a zapadas divagantes y a cháchara hippie del tipo“todo es música, ‘man’”. Definiéndose por contraste con este eclecticismo flácido, de puertas abiertas a cualquier cosa, el punk proponía un purismo estridente. Si bien a fines de los setenta la noción de fusión estaba desacreditada, el post-punk marcó el comienzo de una nueva fase en la búsqueda por fuera de los estrechos parámetros del rock, hacia la América negra y Jamaica, obviamente, pero también hacia África y otras zonas de lo que luego sería llamado world music.
El post-punk también reconstruyó puentes con el propio pasado del rock, sobre todo con amplias franjas de lo que había quedado emplazado extramuros cuando el punk declaró 1976 como Año Cero. El punk instaló un mito que todavía hoy sobrevive en algunos suburbios: la idea de que los años prepunk de comienzos de los setenta eran un páramo musical. En realidad, se trata de uno de los períodos más ricos y variados de la historia del rock. De modo tentativo, en un comienzo −después de todo, nadie quería ser acusado de hippie encubierto o de rocker progresivo disfrazado−, los grupos post-punk redescubrieron tales riquezas, tomando elementos del costado arty del glam (David Bowie y Roxy Music), de excéntricos que iban más allá del rock como Captain Beefheart, y recuperando en algunos casos las aristas más agudas del rock progresivo (como Soft Machine, King Crimson e, incluso, Frank Zappa). En cierto sentido, el post-punk era rock progresivo, solo que drásticamente racionalizado y revigorizado, con una sensibilidad más austera, sin ostentación de virtuosismo, por no mencionar sus mejores cortes de pelo.
Lo cierto es que algunos de los grupos post-punk más característicos –Devo, Throbbing Gristle, Cabaret Voltaire, This Heat– eran en realidad entidades prepunk, que existían de alguna u otra manera desde años antes del disco debut de los Ramones de 1976. Cuando sobrevino el punk, la industria discográfica sufrió una gran confusión, que volvió a los grandes sellos vulnerables a la sugestión y diluyó todas las reglas estéticas, de modo que cualquier anormal o extremista tenía de repente su oportunidad. A través de esta brecha abierta en el muro de los negocios, irrumpían, como de costumbre, toda clase de freaks sombríos que no dejaban pasar su chance de llegar a un público más amplio. Pero el post-punk reconocía su filiación a una clase particular de art rock, no en la pretensión del rock progresivo de fusionar guitarras eléctricas amplificadas con la instrumentación clásica y las composiciones extensas del siglo XIX, sino en la línea que va desde The Velvet Underground, por medio del krautrock y la vertiente más intelectual del glam (Bowie/Roxy Music), que respetaba el principio minimalista “menos es más”. Para un cierto grupo de hipsters, la música que los sostuvo durante el “páramo musical” de los setenta estaba formada por un racimo de espíritus afines –Lou Reed, John Cale, Nico, Iggy Pop, David Bowie, Brian Eno–, unidos por su procedencia o su deuda con The Velvet Underground, que habían colaborado entre sí en diversas combinaciones a lo largo del período.
 
Post-punk, La revolución inconclusa
Gang Of Four, influenciados por el efecto de extrañamiento de Brecht y de Godard, trataron de deconstruir el rock ¡incluso rockeando duro!
 
En particular, David Bowie se asoció con casi todas estas personas en diferentes ocasiones, ya sea produciendo sus discos o colaborando con ellos de otra manera. Fue el eje de conexión, el más grande diletante del rock, siempre en movimiento, buscando constantemente el próximo límite. Más que cualquier otro, fue Bowie la inspiración clave para el ethos post-punk del cambio constante. 1977 puede haber sido el año del debut de The Clash y de “Never Mind The Bollocks” de Sex Pistols, pero la verdad es que la música post-punk fue más profundamente afectada por los cuatro discos vinculados con Bowie editados ese año, sus propios “Low” y “Heroes”, y “Lust For Life” y “The Idiot” de Iggy Pop (ambos producidos por Bowie). Grabada en Berlín Occidental, esta impresionante seguidilla de discos impactó con fuerza en los oyentes que ya sospechaban que el punk-rock se revelaba como más de lo mismo. Los discos de Bowie e Iggy marcaron un distanciamiento respecto de los Estados Unidos y del rock’n’roll y un acercamiento hacia Europa y un sonido cool, controlado, modelado sobre la base de los ritmos motorik teutónicos de Kraftwerk y Neu!, donde los sintetizadores tenían un rol tan importante como las guitarras. En entrevistas, Bowie habló de su traslado a Berlín como un intento por separarse de los Estados Unidos, tanto musical (desde el momento en que el soul y el funk habían tenido influencia sobre “Young Americans”) como espiritualmente (un escape de la decadencia del rock’n’roll de Los Ángeles). Configurado a partir de esta deliberada hazaña de dislocación y autoalienación, “Low” hacía honor al título provisorio original del álbum, “New Music Night And Day”, especialmente en su sorprendente lado dos, una suite de atmósferas instrumentales sombrías y crepusculares, con cantos semejantes a lamentos sin palabras. “Low”, dijo Bowie, había sido una respuesta a la experiencia de “haber visto el Bloque Oriental, el modo en que Berlín Este sobrevivía en ese medio, que era algo que yo no podía expresar en palabras. Entonces se requerían ‘texturas’”. Por este motivo se inclinó hacia Brian Eno, texturólogo supremo, como su mentor y mano derecha durante la realización de “Low” y de “Heroes”. Ya influyente a causa de los ruidos de sintetizador que desplegaba en Roxy Music y en sus álbumes solistas proto-new wave, Eno se convirtió, después de la trilogía berlinesa de Bowie, en uno de los productores que definieron la era: documentó la escena no wave de New York, y trabajó con Devo, Talking Heads y U2. “Algunas bandas fueron a escuelas de arte –bromeó Bono en cierta ocasión–. Nosotros fuimos a Brian Eno”.
El nuevo europeísmo de Bowie y de Eno se hallaba en sintonía con la sensación post-punk de que los Estados Unidos –o al menos la Norteamérica blanca– eran política y musicalmente reaccionarios. A la hora de buscar inspiración contemporánea, el post-punk miraba hacia otros lugares más allá de la patria originaria del rock’n’roll, como la Norteamérica negra y urbana, Jamaica y Europa, entre otros. Para muchos post-punks, los singles más significativos de 1977 no eran “White Riot” ni “God Save The Queen”, sino “Trans-Europe Express”, un canto fúnebre metronómico de metal sobre metal para la era industrial compuesto por la banda alemana Kraftwerk, y el hit eurodisco de Donna Summer “I Feel Love”, producido a partir de sonidos sintéticos por Giorgio Moroder, italiano residente en Múnich. La electrónica disco de Moroder y el synthpop sereno de Kraftwerk conjugaron refulgentes visiones de una Neue Europa moderna, orientada hacia el futuro y auténticamente post-rock, en el sentido de no tener prácticamente deuda alguna con la música estadounidense.
Junto con la radicalización de la forma del rock con dosis de ritmo negro y electrónica europea, los artistas post-punk estaban igualmente comprometidos con una radicalización del contenido de la ecuación musical. El acercamiento del punk a la política –furia cruda o protesta agit-pop– resultaba demasiado simple, demasiado panfletario a los ojos de la vanguardia post-punk, por lo que pretendieron desplegar técnicas más sofisticadas y oblicuas. Gang Of Four y Scritti Politti abandonaron el estilo de denuncia directa de “decir las cosas como son”, optando por letras que exponían y dramatizaban los mecanismos de poder operantes en la vida cotidiana. “Cuestiona todo”era la frase del momento. Estas bandas demostraban que “lo personal es político” al diseccionar el consumismo, las relaciones sexuales, las nociones de sentido común acerca de qué es natural o normal y los modos en que las vivencias más espontáneas y más íntimas se hallan en realidad determinadas de antemano por fuerzas superiores. Al mismo tiempo, las más agudas de entre tales agrupaciones capturaron el modo en que “lo político es personal”, ilustrando los procesos por medio de los cuales los acontecimientos actuales y las acciones de gobierno invaden la vida cotidiana y acechan los sueños y las pesadillas privadas de cada uno.
En lo que respecta al compromiso político entendido en su sentido convencional –referido al mundo de las manifestaciones, el activismo de base y la lucha organizada–, las bandas post-punk eran más ambivalentes. Como bohemios inconformistas, se sentían incómodos con la política de la solidaridad o las llamadas a acatar la línea del partido. Consideraban que la franqueza demagógica de ciertos músicos abiertamente politizados de la época (como Crass o Tom Robinson) era demasiado literal y antiestética, y creían que ese sermón no solo resultaba condescendiente con el oyente, sino que la mayoría de las veces se revelaba como ejercicio inútil de “prédica para conversos”. Si bien muchos de los grupos post-punk participaron de Rock Against Racism (Rock contra el racismo), mantenían una actitud reticente con RAR y su colectivo hermano, la liga antinazi, por sospechar que se trataba de frentes de la izquierda militante del Partido de los Trabajadores Socialistas, que otorgaba valor a la música exclusivamente en cuanto herramienta de radicalización y movilización de la juventud. Al mismo tiempo, el post-punk heredó los sueños del punk de resucitar la música rock como fuerza de cambio, si no del mundo, al menos de la conciencia de los oyentes individuales. Pero en lugar de que la música sirviera de plataforma meramente neutral para el agit-pop, esta forma de radicalismo se manifestaba tanto en las letras como en el sonido. Más aún, el potencial subversivo de las letras dependía tanto de sus propiedades estético-formales (el grado de innovación en el nivel del lenguaje o de la narración) como del mensaje o la crítica que transmitían.
 
Post-punk, La revolución inconclusa
Mark E. Smith, de The Fall, inventó una suerte de realismo mágico de la Inglaterra del norte que mezclaba la mugre industrial con lo sobrenatural y lo extraño, mientras que Martin Bramah puso en práctica un estilo de “guitarra rítmica escuálida”.
 
El post-punk fue un asombroso período de experimentación letrística y vocal. Mark E. Smith, de The Fall, inventó una suerte de realismo mágico de la Inglaterra del norte que mezclaba la mugre industrial con lo sobrenatural y lo extraño, todo vocalizado mediante intervenciones de una sola nota que se ubicaban en algún lugar a mitad de camino entre el monólogo motorizado por las anfetaminas y el relato de desorientación etílica. La gestualidad agitada, neurótica de David Byrne encajaba perfectamente con su irónico y seco examen de temas tan lejanos al rock como animales, burocracia, “edificios y comida”. Mark Stewart, de The Pop Group, aullaba encantamientos cargados de imágenes, como un cruce entre Artaud y James Brown. Este fue también un gran período para la expresión propiamente femenina: perspectivas nunca escuchadas hasta el momento en los tonos disonantes de The Slits, Lydia Lunch, Ludus y The Raincoats. Otros cantantes-letristas –Ian Curtis, de Joy Division, Paul Haig, de Josef K– se habían abismado en el malestar sombrío y en la angustia asfixiante de Dostoievski, Kafka, Conrad y Beckett. A la manera de micronovelas de tres minutos, sus canciones lidiaban con dilemas existencialistas clásicos: la lucha y el sufrimiento de ser un “yo”; amor contra aislamiento; el absurdo de la existencia; la capacidad humana para la perversión y el resentimiento; la eterna sentencia: “Suicidarse: ¿por qué no?”.
Enfrentando estos aspectos atemporales de la condición humana, el post-punk también intervenía en el Zeitgeist político. Especialmente, en los tres años que transcurrieron entre 1978 y 1980, las dislocaciones causadas por la mutación económica y la agitación geopolítica generaron una tremenda sensación de tensión y de temor. Gran Bretaña fue testigo del resurgir de la extrema derecha y de los partidos neofascistas, tanto en la política electoral como en las formas sangrientas de la violencia callejera. La Guerra Fría alcanzó un pico de frialdad inédito. La revista musical más conocida de Inglaterra, ‘New Musical Express’, publicaba regularmente una columna llamada “Rubias de plutonio”, en torno al despliegue de los misiles crucero estadounidenses en territorio británico. Singles como “Breathing” de Kate Bush y “The Earth Dies Screaming” de UB40 introdujeron la angustia nuclear en el Top 20 e innumerables grupos post-punk –desde This Heat, en su disco conceptual “Deceit”, hasta Young Marble Giants, con su clásico single “Final Day”– le cantaban al Armagedón como posibilidad crucial e inminente.
Parte de lo conmovedor de este período de música disidente reside en su creciente falta de sincronía en relación con la cultura en sentido más amplio, que estaba produciendo un viraje a la derecha. El período post-punk comenzó con la parálisis, frustración y estancamiento de la política de izquierda liberal, bajo el gobierno de centro-izquierda del primer ministro laborista Jim Callaghan y el presidente demócrata Jimmy Carter. Callaghan y Carter fueron casi simultáneamente desplazados por Margaret Thatcher y Ronald Reagan, líderes de derecha populistas (y populares) que impulsaron políticas económicas monetaristas que resultaron en desempleo masivo y en una profundización de las fracturas sociales.
Introduciéndonos en un largo período de política conservadora que duró doce años en los Estados Unidos y dieciséis en Inglaterra, Thatcher y Reagan representaban un masivo contragolpe tanto para los contraculturales sesenta como para los permisivos setenta. En respuesta, el post-punk intentó construir una cultura alternativa con su propia infraestructura independiente de sellos, distribuidoras y disquerías. La necesidad de “control completo” (sobre el cual The Clash solo podían cantar amargamente, luego de haber cedido la canción que llevaba ese título a la CBS) condujo al nacimiento de sellos independientes pioneros tales como Rough Trade, Mute, Factory, Subterranean y SST. El concepto de do it yourself (hazlo tú mismo) proliferó como un virus, propagando toda una pandemia de cultura samizdat –el término “samizdat” se refiere a la difusión clandestina de literatura prohibida por el régimen soviético y, por extensión, también por los gobiernos comunistas de Europa del Este durante la Guerra Fría. [N. de la T.]–: bandas que editaban sus propios discos, promotores locales que organizaban recitales, colectivos de músicos que creaban espacios para que las bandas pudiesen tocar, pequeñas revistas y fanzines que funcionaban como medios de comunicación alternativos. Los sellos independientes conformaban una especie de microcapitalismo anticorporativo, basado menos en una ideología de izquierda que en la convicción de que los sellos más importantes eran demasiado lentos, faltos de imaginación y orientados a lo comercial para alimentar la música más crucial del momento.
El post-punk estaba comprometido con las políticas de la música misma así como con cualquier otra cosa que sucediera en el “mundo real”. La intención era sabotear la fábrica de sueños del rock, esa industria del ocio que encauzaba la energía y el idealismo de la juventud hacia un cul-de-sac cultural mientras producía, al mismo tiempo, enormes masas de ganancia para el capitalismo corporativo. El término rockism (rockismo), acuñado por el grupo de Liverpool Wah! Heat, se diseminó como la síntesis de todo un conjunto de rutinas anquilosadas que restringían la creatividad y suprimían la sorpresa. Los canales de acción establecidos que los post-punk se negaban a perpetuar iban desde las técnicas convencionales de producción (como el uso del reverb para darle a los discos una sensación de sonido en vivo, grabado en un gran ambiente) hasta los predecibles rituales de giras y recitales (algunas bandas post-punk rehusaban hacer bises, mientras que otras experimentaban con el arte multimedia y el arte performático). Con el fin de romper el trance de normalidad del negocio del rock y sacudir al oyente hacia una zona de lucidez, el post-punk rebosaba de críticas metamusicales y de micromanifiestos, canciones tales como “Part Time Punks” de Television Personalities y “A Different Story” de Subway Sect tematizaban el fracaso del punk y especulaban acerca del futuro. Parte de esta aguda autoconciencia del post-punk provenía de la sensibilidad radicalmente autocrítica que rodeaba el arte conceptual de los setenta, cuando el discurso en torno a la obra era tan importante como los objetos artísticos en sí mismos.
 
Post-punk, La revolución inconclusa
Talking Heads transformaron un poema sonoro de Hugo Ball en una pista de dance disco-tribal: “I Zimbra”.
 
La naturaleza metamusical de gran parte del post-punk ayuda a explicar el extraordinario poder de la prensa de rock durante ese período, con algunos críticos que llegaron, incluso, a tomar parte en el modelo y la orientación de la cultura post-punk. Este rol creciente de los periódicos musicales comenzó con el punk. Como la radio y la TV en general despreciaron el punk, como los medios gráficos masivos eran en su mayor parte hostiles y durante un tiempo les resultó muy difícil a los grupos punk conseguir fechas para tocar, los semanarios musicales británicos –‘New Musical Express’ (NME), ‘Sounds’, ‘Melody Maker’ y ‘Record Mirror’– asumieron una enorme importancia. De 1978 a 1981, el NME, líder del mercado, tenía una circulación que oscilaba entre los 200.000 y los 270.000 ejemplares, cuyo público real de lectores era tres o cuatro veces mayor que esa cifra. El punk movilizó una enorme audiencia que buscaba un camino hacia el futuro y que estaba dispuesta a ser guiada. La prensa musical no tenía prácticamente rivales en esta función: las revistas mensuales de interés general (como ‘Q’) o las revistas de tendencias (como ‘The Face’) aún no existían, y la cobertura del pop en los diarios reconocidos era muy reducida.
En consecuencia, la prensa musical tuvo una enorme influencia, y determinados escritores –los impulsivos, los aquejados por complejos mesiánicos− disfrutaron de un prestigio y de un poder que hoy resultan difíciles de imaginar. Al identificar (y exagerar) las conexiones entre grupos y articulando los manifiestos no escritos de estos movimientos y escenas con base en distintas ciudades, los críticos lograron intensificar y acelerar el desarrollo de la música post-punk. En ‘Sounds’, desde fines de 1977 en adelante, Jon Savage defendía la categoría de “new musick” –el término “new musick” es un neologismo compuesto por “music” y “sick”: “nueva música enferma”. [N. de la T.]– para nombrar el costado de ciencia ficción distópico-industrial del post-punk. Desde NME, Paul Morley pasó de mitologizar Manchester, y a Joy Division, a imaginar el concepto de “new pop”, antes de inventar grupos como Frankie Goes To Hollywood y Art Of Noise. Garry Bushell de ‘Sounds’ era el ideólogo del oi! Esta combinación deactivistas críticos y de músicos cuyo trabajo era una forma de criticismo activo sirvió de combustible a un síndrome de evolución de carácter arrollador. Una tendencia competía con otra y cada nuevo desarrollo se veía rápidamente seguido de una etapa reactiva o de un viraje brusco. Todo esto contribuía a un sentimiento temporal de vertiginosa proyección hacia el futuro, a la vez que aceleraba la desintegración de la unidad del punk en diversas facciones post-punk en pugna.
Los músicos y los periodistas fraternizaron considerablemente durante esta época, una afinidad relacionada tal vez con el sentido de mutua solidaridad entre camaradas en la guerra cultural del post-punk contra la Vieja Ola, pero también con las luchas políticas del momento. Los roles se intercambiaban. Algunos periodistas tocaban en bandas o grababan discos, y había músicos que escribían reseñas de discos, como David Thomas, de Pere Ubu (bajo el seudónimo de Crocus Behemoth), Steven Morris, de Joy Divison, y Steve Walsh, de Manicured Noise. Dado que tantas personas involucradas en el post-punk no eran inicialmente músicos o provenían de otros campos artísticos, la brecha entre aquellos que “hacían” y aquellos que “comentaban” no era tan amplia como en la era prepunk. Genesis P-Orridge, de Throbbing Gristle, por ejemplo, se describía a sí mismo como escritor y pensador, no como músico. Incluso llegó a utilizar el adjetivo “periodístico” como un término descriptivo positivo para explicar la aproximación documentalista de Throbbing Gristle a las ásperas realidades posindustriales.
Los cambios en el estilo y en los métodos de la composición de rock intensificaron la sensación post-punk de un avance vertiginoso hacia toda una nueva era. Los periodistas de música de principios de los setenta solían combinar las virtudes tradicionales de la crítica (objetividad, documentación sólida, conocimiento autorizado) con una soltura e informalidad rockera influenciada por el nuevo periodismo. Este estilo relajado, cercano a la oralidad –plagado de slang, guiños y referencias a drogas y chicas–, no le sentaba bien al post-punk. Los pilares intelectuales de la vieja crítica de rock –la indisciplina masculina entendida como rebelión, la locura como genialidad, el culto a la credibilidad callejera y a la autenticidad– eran algunas de las posiciones que estaban siendo revisadas y desafiadas por la vanguardia anti-rockista. Emergió una nueva generación de periodistas musicales, cuya escritura parecía estar hecha del mismo material que el tipo de música que defendían. La urgencia sin ornamentos y las líneas directas de su prosa reflejaban la austeridad metálica de grupos como Wire, Siouxsie And The Banshees y Gang Of Four, del mismo modo que, en la estética del diseño de las tapas de los discos de la época, predominaba una geometría de volúmenes puros y definidos, ángulos marcados y bloques de colores primarios. La nueva escuela de escritura musical fusionaba puritanismo y actitud lúdica de un modo que se diferenciaba del estilo informal del viejo periodismo de rock, al tiempo que perforaba un denso núcleo de certezas, todos aquellos presupuestos ocultos y nociones implícitas acerca de la naturaleza del rock.
 
Post-punk, La revolución inconclusa
Throbbing Gristle, una entidad prepunk que existía desde años antes del disco debut de los Ramones de 1976, se aproximaron de un modo documentalista a las ásperas realidades posindustriales.
 
Los temas sobre los que hablaban las bandas y los periodistas también contribuían a esa sensación de ingreso a una nueva era. En la actualidad, una entrevista con una banda de rock tiende a convertirse en una lista sábana de influencias musicales y referentes, de modo tal que la historia de la agrupación queda típicamente reducida a un itinerario a través del gusto. Este tipo de rock de coleccionismo de discos no existía en la era post-punk. Las bandas mencionaban sus fuentes de inspiración musical, por supuesto, pero también tenían muchas otras cosas en mente –política, cine, arte, libros–. Algunos de los grupos más comprometidos políticamente sentían, en realidad, que hablar de música sin más en una entrevista era autogratificante o trivial. Se sentían obligados a discutir temas serios, lo cual hoy suena a puritano, pero contribuía a reforzar la impresión de que el pop no era una categoría fragmentada, aislada del resto de la realidad. Esta reticencia a la hora de discutir influencias musicales también contribuía a crear la sensación de que el post-punk representaba una ruptura absoluta con la tradición. Parecía que los ojos y los oídos de esta experiencia cultural estaban orientados hacia el futuro, no hacia el pasado, con bandas que se trenzaban en una competencia furibunda por alcanzar los ochenta unos años antes de que llegaran.
Asignándose una misión y volcándose íntegramente en el presente, el post-punk suscitó un vibrante sentimiento de urgencia. Los discos nuevos eran sustanciosos, rápidos, con un clásico detrás de otro. Incluso los experimentos incompletos y los fracasos interesantes eran portadores de una poderosa carga utópica y contribuían a una estimulante conversación colectiva. Algunos grupos existían más en el nivel de las ideas que en el de las propuestas plenamente realizadas, pero, sin embargo, marcaban la diferencia por su sola existencia y por tener buenas apariciones en la prensa.
Muchos grupos nacidos durante el período post-punk siguieron gozando de enorme fama en el mainstream: New Order, Depeche Mode, The Human League, U2, Talking Heads, Scritti Politti y Simple Minds. Otras figuras menores durante la época alcanzaron el éxito posteriormente bajo otros ropajes, como Björk, KLF, Beastie Boys, Jane’s Addiction y Sonic Youth. Pero la historia del post-punk, definitivamente, no fue escrita por los vencedores. Existen docenas de bandas que grabaron discos que marcaron hitos, pero que nunca alcanzaron más que el estatus de grupos de culto, obteniendo el dudoso premio consuelo de haber sido influencias o referentes de las megabandas de rock alternativo de los noventa (Gang Of Four engendró a Red Hot Chilli Peppers; Throbbing Gristle concibió a Nine Inch Nails y Talking Heads incluso aportó su nombre a Radiohead). Centenares de otros grupos grabaron solo uno o dos singles sorprendentes, para luego desaparecer casi sin dejar rastros. Detrás de los músicos había todo un gran marco de catalizadores, guerreros culturales, facilitadores e ideólogos que fundaron sellos discográficos, trabajaron como mánagers de bandas, se transformaron en productores de avanzada, publicaron fanzines, administraron disquerías especializadas, promovieron recitales y organizaron festivales. Cierto es que el prosaico trabajo de crear y mantener una cultura alternativa carece del glamour que el punk depositaba en la gestualidad pública del atentado y del terrorismo cultural. Destruir es siempre más espectacular que construir. Pero el post-punk tuvo permanentemente una actitud constructiva y abierta al futuro. En el propio prefijo “post” se enraizaba la fe en un futuro que el punk había decretado como inexistente.
La simple postura de la negación, del estar en contra, creó unidad por algún tiempo. Pero en cuanto surgió la pregunta crucial –“¿a favor de qué estamos?”–, el movimiento se desintegró y se dispersó. Cada tendencia nutrió su propio mito acerca del origen y sentido del punk, a la vez que su propia visión acerca de cómo seguir adelante. Sin embargo, por debajo de la fragmentada diáspora de los años del post-punk, todavía perduraba una herencia común recibida del momento punk, a saber, una renovada creencia en el poder de la música, junto con el sentimiento de responsabilidad que acompañaba a esta convicción, y que fue lo que a su vez hizo que valiera la pena seguir luchando por definir la pregunta “¿y ahora hacia dónde?”. El efecto colateral de todas estas divisiones y desacuerdos fue la diversidad, una fabulosa riqueza de sonidos e ideas que hacen que este período rivalice con los sesenta en el rubro “Edad de Oro de la música”. 
Publicado en la web de Rockdelux el 3/4/2014

REVISIÓN (2011) CAPTAIN BEEFHEART


Magia enmascarada

Don van Vliet, conocido artísticamente como Captain Beefheart (1941-2010), ha sido uno de los individuos más originales en la historia de la música, pero su reconocimiento popular no es comparable al de otros mitos del rock. No obstante, su obra, tan visionaria como única y compleja, sigue generando admiración y respeto entre la corte selecta de entendidos que saben valorar el trabajo de los creadores por su importancia y no por su repercusión mediática. César Estabiel escribió esta Revisión en honor a la personalidad del mágico Capitán Beefheart, responsable de discos mayores como los aquí recomendados y el mítico “Trout Mask Replica” (1969).
John Peel definió desde la distancia a Captain Beefheart como un músico ingenuo. Sus secuaces de la Magic Band llegaron a huir de su lado, temerosos de una nueva agresión. Ni la música de Captain Beefheart debería nutrir un hilo musical, ni el carácter de Don van Vliet se puede entender con el apoyo de una sola opinión. Es necesario el argumento de la contraria. También la visión desinteresada, la del amigo y la del enemigo. Solo así formaremos una silueta en varias dimensiones que se acercará a dibujar al dibujante, pero sin conseguirlo. Sus allegados consideraban endebles sus opiniones. Sus argumentos eran apartados por infantiles. Como si sus pupilas se hubiesen quedado ancladas en los dinosaurios modelados a mano que esculpía en horas de ese colegio al que no llegó a asistir. De ahí a su estreno como músico en 1966 solo media un bigote, una voz cascada y un lote de discos de blues.
Buscó y obtuvo gran fama de tirano. Lo de músico destartalado y que “nada sabía de música” forma el todo de su esencia. Las hazañas del Capitán Beefheart no se deberían sintetizar en dos líneas: un aficionado al blues se sirve de él como excusa para proyectar inquietudes antropológicas bastante básicas que posteriormente les tocaría perfilar a sus cuadros. Dicho así, suena ramplón. Puesto en práctica, peligran los cimientos de cualquier educación musical medianamente ordenada. Toda la obra de Captain Beefheart es un work in progress de su propia naturaleza, intuitiva y nada empírica. Un primal scream que nadie se atrevió a alterar ni discutir. Ni siquiera su gran enemigo íntimo, un Frank Zappa que acudió como productor a la grabación de “Trout Mask Replica” (1969) –disco mítico– y salió sin ganarse el jornal. Excusa: lo que allí estaba ocurriendo solo existía en la jungla mental de aquel músico salvaje. Con el tiempo y la ayuda de su amigo el crítico Lester Bangs, el Capitán conseguiría acotar sus intenciones: llegar a la esencia de un arte popular en el que el ego del artista brillara por su ausencia. Ser John Coltrane con la pericia de un ciudadano de a pie. ¿El gran reto de la música?
“Safe As Milk” (1967) lo metió en los corrillos musicales gracias a la buena prensa de gurús como John Lennon. Pero el Capitán no devolvía favores. Y menos se disponía a cumplir expectativas. Desde aquí hasta su gira en 1972 por una agradecida Inglaterra, solo hay una búsqueda atolondrada de sí mismo, un intento de compaginar conceptos pictóricos (“pintar es rellenar el espacio que hay entre dos conceptos opuestos”) con herramientas musicales y el casting para fichar y adoctrinar a un grupo de fieles sin miedo a la extravagancia. La Magic Band funcionaría bajo una jerarquía comunal regida por un mentor y sus alucinados métodos musicales. Con el tiempo, Don van Vliet llegaría a embolsarse cifras importantes por sus cuadros, aunque su mejor obra sería la caracterización de la que fue su banda. Cada uno con un mote y una máscara traídos del teatro cómico italiano, The Magic Band parecían los personajes del Mago de Oz después de pasar un fin de semana en el rancho de Charles Manson.
En los años sesenta su personaje dio color al alucinado –y además aborregado– elenco de seres “libres”. Sus cacofonías imitaban las formas musicales más primitivas e inocentes, nos trasladaban a una América rural exagerada mediante una gran hipérbole llena de más infantilismo que intención gótica. Dotado para reproducir los graves de Howlin’ Wolf, jugaba con su registro inventando personajes diferentes. Bill Harkleroad, su guitarra, opinaría en su libro biográfico “Lunar Notes: Zoot Horn Rollo’s Captain Beefheart Experience” (1998) que la desfiguración del blues solo se debía a su suprema inseguridad. Inseguridad que levantaría a marchas forzadas la leyenda de “Trout Mask Replica”, un disco que es al rock lo que “Ascension” (1966) de John Coltrane al jazz: la última búsqueda del propio espíritu. Así, la música de Captain Beefheart es el poso que queda tras varios litros de consumo desenfrenado de blues y free jazz en cápsulas con forma de poema elíptico. Agotados, en el fondo reposan unas partículas elementales que nunca servirán para hacer otro café.
Ajeno a la resaca del idealismo, Captain Beefheart aprovechó el cambio de década de los sesenta a los setenta para vaciarse en dos discos colosales: “Trout Mask Replica” y“Lick My Decals Off, Baby” (1970). En un instante de fatiga, lograron echarle el lazo. El blues necesitaba de un animal salvaje que pudiera ser domesticado. Y lo contrataron para girar por Inglaterra. Y se pegó un batacazo. Ni allí le pagaron ni los discos que grabó en 1973 hablan de él como el artista que se llegó a conocer. Peor fue el año de 1974, enquistada su garganta en un blues-rock sin apenas voltaje. Y cuando ya se encendían las primeras velas por el músico y en el Soho neoyorquino se descorchabachampagne para recibir al pintor, su regreso al estudio de grabación es anunciado entre titulares punk.
Los tres últimos discos de Captain Beefheart mezclan bien con Pere Ubu, quizá el grupo que mejor ha recogido la descomposición del rock ligada al expresionismo. Rock histérico y dislocado. Como su salud. Una esclerosis múltiple que sufría desde hacía décadas y que el 17 de diciembre de 2010 se llevó al niño autista que moldeaba dinosaurios en el desierto de California. 

El vídeo de “Ice Cream For Crow” (1982), dirigido por él mismo, que rechazó la MTV.
CRONOLOGÍA
1941. Donald van Vliet nace un 15 de enero en Glendale (California).
1957. Conoce a Frank Zappa, cuya familia se había trasladado un año antes a Lancaster, en el desierto de Mojave.
1964. Por primera vez utiliza en un escenario el apodo de Captain Beefheart, inventado por Zappa.
1967. Publica “Safe As Milk”.
1968. Alquila una casa en las afueras de Los Ángeles donde empezará a adoctrinar a su Magic Band. Se cabrea con la producción de “Strictly Personal”.
1969. Lanza el doble LP “Trout Mask Replica”. Número 25 en la lista de los mejores discos del siglo XX segúnRockdelux en su especial 200.
1970. Funde el rock y el free jazz con“Lick My Decals Off, Baby”.
1971. Edita “Mirror Man”.
1972. Reprise le publica “The Spotlight Kid” y “Clear Spot”. Expone sus cuadros por primera vez, en Liverpool.
1974.  Los discos “Unconditionally Guaranteed” y “Bluejeans & Moonbeams” son castigados por la crítica.
1975. Comparte disco con Zappa,“Bongo Fury”.
1976. Graba “Shiny Beast (Bat Chain Puller)”...
1978. ... que no se publicará hasta dos años después.
1980. “Doc At The Radar Station”confirma su gran momento y a una Magic Band más profesional.
1982. MTV rechaza el videoclip para su disco “Ice Cream For Crow”.
2010. Fallece el 17 de diciembre de esclerosis múltiple. 

 

TRES DISCOS RECOMENDADOS

CAPTAIN BEEFHEART, Magia enmascarada
“Safe As Milk” (Buddah, 1967)
La discográfica A&M parecía interesada tras los dos singles previos. Uno de ellos refrescaba una canción del legendario Bo Diddley (“Diddy Wah Diddy”). Pero al escuchar la maqueta, le enseñaron la puerta de atrás. Y eso que “Safe As Milk” no se ceba en sus continuos hallazgos. Enseña la patita (“Electricity”), pero invita a entrar con una grata sonrisa (“I’m Glad”). Es su mayor atractivo. Sin una banda todavía formada, Van Vliet ficha para el estreno a un prodigio de su ciudad, Lancaster, llamado Ry Cooder, cuya guitarra hace de “Abba Zaba” uno de los primeros clásicos “periféricos” del blues. En mi opinión, Captain Beefheart no publicaría jamás un disco tan plagado de reliquias como “Safe As Milk”, aunque la fuerza devastadora de una personalidad a punto de estallar acabaría por eclipsar los últimos instantes de la apaciguada juventud del Capitán.
CAPTAIN BEEFHEART, Magia enmascarada
“Lick My Decals Off, Baby” (Straight, 1970)
Nadie se explica cómo después de proceder a un vaciado tan brutal como el de “Trout Mask Replica”pueden quedar aún fuerzas para lanzarse al frenesí del (para mí) su mejor trabajo. Quizá el secreto esté en el propio cansancio. Captain Beefheart afloja el yugo y la Magic Band le da una lección de estilo libre sin necesidad de látigos. Su cuarto disco suena como una batería de cocina cayendo al suelo desde los estantes. La música corre alocada hacia su ausencia mientras el ex tirano desarrolla a su manera su conciencia ecológica. Otro avance: la marimba de Art Tripp (que acababa de dejar a Frank Zappa) elimina otra guitarra. Más color para la misma sensación de libertad. Esto ya no es rock ni blues ni folk, y bien que lo dejó claro con el título. Fue su disco más alabado en Inglaterra, llegando al puesto veinte de las listas. Algo de culpa tendría John Peel.
 
CAPTAIN BEEFHEART, Magia enmascarada
“Shiny Beast (Bat Chain Puller)” (Warner Bros., 1978)
Andaba ya entre lienzos y por eso nadie le esperaba. Menos aún cuando sus compinches habían aprendido a comer lejos de su mano. O cuando la crítica, que había sido benévola con sus discos de 1972 (“The Spotlight Kid” y “Clear Spot”), cargó el rifle para recibir a los de dos años después (“Unconditionally Guaranteed” y“Bluejeans & Moonbeams”). Pero con él nada es lo que parece. Ni sus gritos son los de un desalmado, ni en su calma se encuentra la paz ni sus debacles anticipan el fin. No hay mejor prueba que estas canciones que definen sin querer el rock torcido y teatral de Pere Ubu, grupo hermano y devoto. Para el recuerdo, la canción más chulesca de su repertorio (“Bat Chain Puller”) y una delicia por venir de la fiera que una vez fue (“Harry Irene”).
Y SU MEJOR CANCIÓN: “Electricity” (1967)
Fue su primer exabrupto serio. El primer guantazo a la tradición que se permitió. La electricidad guiará el futuro. Y para desarrollar la idea le echó el guante a un poeta de versos visionarios. Adaptó ligeramente un original de Herb Bermann –reconocido después por Neil Young y Steven Spielberg– para darle una intención más musical y con ello formalizar una ruptura en el blues. Preguntado por el fulgurante despido de A&M Records, Van Vliet señalaba esta canción como la grave insolencia que destapó el miedo de los gerifaltes discográficos. Puede que su orgullo de artista atrajera la mentira: “Electricity” no estaba incluida en la demo de “Safe As Milk” que entregó a la compañía discográfica. Eran años en los que todos imaginaban una revolución. Y Captain Beefheart la describió con la garganta pelada. 
 

ARTÍCULO (1987) MOTÖRHEAD La máquina malvada

Por Diego A. Manrique

Documento Rockdelux: Lemmy vs. Manrique. Ya sabemos que Ian Fraser “Lemmy” Kilmister, el hombre Motörhead, nunca ha dejado de ejercer de Atila, pero, sorprendentemente, en 1986 Motörhead se unieron al productor de élite Bill Laswell para, no obstante, seguir siendo ellos mismos: “Orgasmatron” fue, una vez más, la prueba de su imperturbable marca de fábrica. En 1987, cuando se editó el disco en España, un expectante Diego A. Manrique vivió el experimento así: entusiasmo inicial atenuado con cierta frialdad. Aquí está la prueba.
Retornan Motörhead. Ian Fraser “Lemmy” Kilmister vuelve a ejercer de Atila, superada la desaparición del sello Bronze, para nada afectado por los aires de embellecimiento que soplan sobre el género duro. Tan feo y bruto como siempre, su nuevo disco –sutilmente titulado “Orgasmatron” (GWR, 1986; Victoria-PDI, 1987)– cuenta con la anomalía de un Bill Laswell en la producción.
Ah, vivimos tiempos de confusión. En el pasado, todo estaba maravillosamente segregado: los estetas no se tocaban con los salvajes, los experimentadores no tenían el teléfono de los cantantes de moda. Había vallas, fosos, campos de minas, tierras inexploradas entre cada reino musical.
¿Ahora? Parece que funcionara una máquina centrifugadora dispuesta a mezclar naranjas y limones, velocidad y tocino. David Stewart y Bob Dylan, George Michael y Aretha Franklin, Paul Simon y Philip Glass, Chrissie Hynde y Jim Kerr, Miles Davis y Sting. El último soponcio: reaparecen Motörhead, famosos rompetímpanos, con un mago neoyorquino de la vanguardia funk-jazz-free-punk-afro, Bill Laswell. No hay vergüenza…

EL HOMBRE DE MATERIAL
Bill Laswell debe su reputación inicial a una curiosa aventura llamada Material. Un grupo fantasma, nucleado alrededor de Laswell y Michael Beinhorn, que succionaba energía del rock, el punk, el jazz y la disco music. Un bruto que adecuaba su formación a la naturaleza del repertorio que tenía para grabar. Que se beneficiaba de las variadas aportaciones de Fred Frith y Nona Hendryx, Sonny Sharrock y Nile Rodgers, Whitney Houston y Archie Shepp, Daniel Ponce y Brian Eno.
Resultado: discos caleidoscópicos, catalizados por la colisión de diversas ópticas y tradiciones. Una actitud abierta, capaz de enfrentarse con la música de Hugh Hopper y la de Ennio Morricone, aparte de las rotundas composiciones de la pareja Laswell-Beinhorn. Pero Material nunca fueron excesivamente rentables y Laswell ejerce ahora como productor de lujo, al servicio de Mick Jagger y de quien lo llame. Ofrece su conexión con el sonido duro de Nueva York. Mantiene una saludable curiosidad, pero trabaja demasiado y desperdiga su imaginación en proyectos cuya única razón es la existencia de un mercado potencialmente receptivo. En una palabra: la mayor parte de su trabajo desde 1984 ya no es VITAL.

 
MOTÖRHEAD, La máquina malvada
Bill Laswell debe su reputación inicial a su aventura en Material: un grupo fantasma que succionaba energía del rock, el punk, el jazz y la disco music.
 
¿PIEDRA FILOSOFAL?
Tampoco hay que escandalizarse de que el sonido urbano de Nueva York tenga contactos con el rock duro/heavy metal. Run D.M.C. han demostrado, vía su colaboración con Aerosmith en “Walk This Way”, que esa es una jugada provechosa, encuadrable bajo el lema de Abrir Mercados. Después de todo, el heroísmo guitarrero tiene puntos de contacto con la estética desafiante-machista del hip hop. Y ese lagarto llamado John Lydon viene amenazando con la fusión del punk y el funk bajo la sombra del heavy metal.
Lo cual hacía concebir esperanzas respecto al encontronazo entre Bill Laswell y Lemmy. Pero “Orgasmatron” carece de la ansiada –por mí– hibridez: es un disco de Motörhead más, con títulos como “Sordo siempre”, “Garra”, “Doctor Rock”, “Construido para la velocidad” o “Máquina malvada”. Ah, sí: la batería está bien grabada, hay algunos latigazos sonoros inesperados… nada radicalmente diferente de lo que hubieran hecho con otro productor cuidadoso (de hecho, me pregunto qué se hubiera hecho con Paul Inder, el hijo de Lemmy, en el timón).
Dos interpretaciones: Laswell carece de perspectiva para iluminar el área de (posible) solape entre su experiencia de alquimista y el código cerrado de Motörhead; o el grupo de Lemmy se ha negado a ser conejillo de indias del (posible, insisto) experimento. Por lo demás, sin novedad: Motörhead ladran y muerden, aceleran como si solo se alimentaran de anfetaminas, hacen tambalearse las pantallas de cualquier equipo de sonido. Pero se desperdició la oportunidad de crear un cóctel raro. Y un servidor era uno de esos que confiaba en hallar algo insólito en los surcos “Orgasmatron”. Sin embargo, mantengo mi curiosidad: ¿cómo sonarían Iron Maiden pasados por Arthur Baker? 

ARTÍCULO (1987) DEAD KENNEDYS


Punto final

Documento con historia. Así se despidió Quim Casas de los Dead Kennedys originales (1978-1986) en Rockdelux. En aquellos años, el legado del grupo de Jello Biafra sonó a terrorismo e incorrección sociopolítica. Su hardcore punk punzante y crítico marcó una época en la escena internacional. Como las cosas realmente importantes, su herencia sigue manteniéndose vivo en el recuerdo de muchas bandas y seguidores de la música. Los Dead Kennedys volvieron en 2001, pero ya sin Jello Biafra. Qué gran sarcasmo.
Los Dead Kennedys han llegado al final de su recorrido. Ahora, al parecer definitivamente cerrada la obra de Jello Biafra y sus amigos por desavenencias personales, nos quedan retazos visuales, provocaciones, música hiperactiva, ritmos escabrosos y adrenalínicos; una estética puntual transformada en manifiesto visceral, en la esencia más combativa del punk. Quedan los Dead Kennedys, su imagen y su sonido.
Vayamos por orden. Primero las portadas: una hilera de coches policiales ardiendo (“Fresh Fruit For Rotting Vegetables”, 1980); Cristo crucificado sobre un billete de dólar (“In God We Trust, Inc.”, 1981); una bien formada mano blanca recoge en su palma una escuálida y patética envejecida mano negra (“Plastic Surgery Disasters”, 1982); ridículos hombres maduros efectúan una carrera de automóviles de miniatura (“Frankenchrist”, 1985); la Estatua de la Libertad llora al sentirse ultrajada y manoseada por todo tipo de personajes dibujados por Winston Smith, habitual grafista del grupo (“Bedtime For Democracy”, 1986). Una vez admiradas o repelidas las portadas, aparecen los trabajos collages interiores, en forma de cuaderno, póster o fanzine: en ellos se dan cita Reagan, los Marx Brothers, Chaplin y Keaton, Blancanieves, Nixon, Fidel Castro, Gadafi, monjas provistas de recios fusiles, el Ku Klux Klan, machos americanos, polícias aguerridos y Hitler, entre muchos más.
La parte gráfica de los Dead Kennedys, fundamental, ya ha sido consumida. La mirada se dirige ahora sobre los títulos de las canciones. Una breve selección nos invitaría a matar pobres y niños (“Kill The Poor”, “I Kill Children”), a practicar los vómitos religiosos (“Religious Vomit”), a joder a los punks que comulgan con el nazismo (“Nazi Punks Fuck Off”), a comprender que los chicos desarrollados necesitan un buen almuerzo americano (“A Growing Boy Needs His Lunch”), a poner en venta la anarquía (“Anarchy For Sale”), a veranear en Camboya (“Holiday In Cambodia”) o a cuestionar el significado de la gloriosa bandera nacional (“Stars And Stripes Of Corruption”). Y luego, entre cortantes y sincopados ritmos, guitarras no especialmente refinadas y alaridos vocales, llegarían los textos, tan irónicos como punzantes: “Mato niños / obligo a sus madres a llorar / Mato niños / Los aplasto bajo mi coche”, de “I Kill Children”; “Soy el Emperador Ronald Reagan / Nacido de nuevo con los insaciables fascistas / Ahora, tú puedes hacerme presidente”, de “We‘ve Got A Bigger Problem Now”.
 
Las imagenes icónicas de las portadas de los discos.
 
Lo que sigue es puro manual histórico. Es la vida de Jello Biafra (voz, productor y compositor de la mayoría de las canciones), un norteamericano dispuesto a escupir música sobre la corrupción de su país, y que encontró la mejor forma de hacerlo después de pasar una temporada en Londres, viviendo de cerca la explosión punk. Lo conoció, lo entendió y le saco más provecho que otras bandas afines. En julio del 78 los Dead Kennedys suben por vez primera a un escenario. Biafra se acompañaba de un diabólico guitarra, East Bay Ray, un bajista que pulsa su instrumento como si estuviera taladrando edificios, Klaus Flouride, y un rapidísimo batería, Ted. Poco después recurre a la ironía política para darse a conocer mejor; Biafra se presenta a las elecciones para la alcaldía de San Francisco, y casi inmediatamente su grupo ficha para Fast, una compañía independiente escocesa. Aparece su primera grabación, el single “California Über Alles” (1979), al que sigue, ahora para Cherry Red, “Holiday In Cambodia” (1980). Temas emblemáticos que tiene una coherente continuación en el excelente “Fresh Fruit For Rotting Vegetables” y, ya para Alternative Tentacles y con el nuevo y definido batería D.H. Peligro, al mini “In God We Trust, Inc.” y el LP “Plastic Surgery Disasters”, disco donde se cobijaba una de las mejores canciones del grupo “Halloween”.
El escándalo suscitado por la inclusión en “Frankenchrist” del póster dibujado por Giger –falos y anos metalizados dignos de cualquier pasaje de “Aliens”–, y la prohibición de “Bedtime For Democracy” en algunas tiendas británicas, volvieron a reactivar, por última vez, el tono incordiante de los Dead Kennedys, uno de los pocos grupos que ha permanecido fiel al idearlo punk hasta la segunda mitad de los ochenta. El primero de estos discos plantea nuevas direcciones, con una construcción mucho más flexible de los temas e inclusión de instrumentos orientales y sintetizadores para enriquecer el conjunto. El segundo recupera la contagiosa agilidad de los primeros tiempos, con 21 escuetas canciones de ritmo imparable, una descarga anímica en la que Biafra demuestra el dominio absoluto sobre una música a la que ha sabido sacar todo el jugo, moldeándola a su antojo para decirles a los burgueses, fascistas, políticos corruptos y censores de pacotilla todo lo que, realmente, merecen oír. Los Kennedys han muerto, su música sobrevive.